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domingo, 8 de mayo de 2011

El susurro de su mirada

El cielo se reflejaba en sus ojos tristones, en su delicada piel blanca, en sus dedos largos delgados que me apasionaban más que nada. Todo el mundo se reflejaba en ella, en su sentido de humor,en sus labios, en sus besos que no tenían un propósito en especial para dármelos. Era el día perfecto, era cuando, después de mucho tiempo, le pediría que se casase conmigo. Aceptaría de seguro, lo haría, después de todo era su único amor.

El parque donde nos sentamos era hermoso. El pasto tenía un verde puro, un verde que no se opacaba. Las personas que pasaban eran parejas de ancianos que nos sonreían como recordando viejos tiempos. Los niños que corrían divirtiéndose en el parque se nos acercaban, nos miraban agarrados de la mano y con una sorpresa en su rostro se iban sonrojados. Ella estaba perfecta, sin maquillaje, con su polito que le obsequié en su cumpleaños, con su miradita penetrante y su cabello lacio que se llevaba el viento suave. De vez en cuando le acomodaba su pelo que el viento jalaba a su cara. Estaba hermosa. Conversamos y nos reíamos, éramos felices en esos momentos. Mis dedos se entrelazaron con los suyos, y ella apretó livianamente. Nos miramos a los ojos y yo veía en ella quien iba a ser mi compañera durante mi vida. Me cogió el rostro sin dejar de mirarme, se acercó lento y dejó que sus labios me besaran. Seguimos besándonos. Nos detuvimos.

-Hay algo que quiero decirte.
-¿Qué es, amor?-preguntó-.

Cogí sus dos manos y la miré con la mirada más tierna que me salió. Ella me miraba enamorada.

-Eres más que una ilusión para mí, más que un simple sentimiento pasajero-miré sus manos y volví a sus ojos-, eres más de lo que estuve rogando al cielo para encontrar. De todo lo bueno que he hecho, Dios me recompensó poniéndote en mi camino. Tú no eres más que un impulso al amor, eres el mismo principio de amor. Te amo. ¿Quieres-tragué saliva-… Conmigo-me atragantaba-… casarte?

Soltó una risita. Su mirada penetró mi ser y por un momento sentí que leía mis pensamientos. Sus ojos comenzaron a brillar, a chispear, a botar lágrimas. Una sonrisa se asomó a su rostro hermoso y una miradita más a mis pensamientos bastó para que pronunciara palabra.

-Qué lindo eres. Nunca encontraré alguien como tú. Sobrepasas lo que una vez pensé como chico ideal. Eres estupendo.

Bajó la mirada y lloró más fuerte.

-Pero no puedo. Me voy a Europa la semana entrante, y no sería posible que regrese. Tengo un tío allá que me tendrá en su hogar. Mis padres no me quieren aquí-me miró de nuevo-. Había elegido este día para decírtelo por eso me puse hermosa para ti. Perdón, no pensé que me dirías eso, especialmente hoy-dejó de llorar-. Te amo.

Se paró y salió corriendo soltando las lágrimas en el aire las cuales brillaban por el sol cálido de la tarde.
Lloré.

martes, 26 de abril de 2011

Prólogo

Sus ojos se distraían al tratar de mirarme. Ella no podía, no debía. Sus manos siempre ocupadas con el anzuelo y su presa, el papel. Escribía hasta que no hubiese notas en la pizarra, hasta que la profesora dejara de hablar. Y no volteaba a mirarme hasta que se despedía con una mueca y un movimiento suave de su mano. Luego desaparecía detrás de la puerta celeste y un mundo nos dividía.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Querido Albert

Yacía tu cuerpo cansado, agotado del trayecto, agobiado de la vida. Tus hijos te cubrían con canciones que según tú te gustaban. Te cantaban como a un recién llegado, como a un bebé, como a un hijo en su primer año. Te alagaban con los enormes actos de tu vida, tus mayores sueños cumplidos y compartidos con tu familia; ellos lo recordaban. Esa mañana no hablaste ni una vocal, no miraste a nadie. Te quedaste echado como muerto en velo, hacías que tus hijos te tomaran el pulso cada cinco minutos porque no dabas señal de vida excepto por tus latidos. Solo rememorabas tu vida, lo poco que recordabas de tu juventud y lo grandioso y doloroso que fue la adultez y la vejez.


Tus días de gloria como joven corpulento de buena estatura y cuerpo atlético habían pasado hace mucho, sin embargo lo recordaban y sentías como si lo estuvieras viviendo recién; como si fueses joven.

<> aconsejabas a tus hijos, ya adulto. Vivías lo mejor de una vida familiar. Enamorado de tu esposa toda vida, caminaste con ella mientras se sujetaban entre ustedes. Supiste mantener el amor hacia ella y ella igual.

Con su mano atada a la tuya, se sentaban a ver el crepúsculo todas las tardes en las sillas mecedoras de madera que ya estaban viejas como tú. Nunca se te olvidó amar a tu mujer, incluso después de que su corazón se parase junto a la silla que ella movía. El dolor en su entierro fue desgarrador, me dijiste.

¿Será tu turno querido Albert? Nunca dejaste de asentir.

Yacía tu cuerpo vestido de elegantes telas. Olías a una especie de alcohol, a algo extraño, algo que ya habías olido antes. No recordabas. Tu cama se movía. ¿Cuánto tiempo habías pasado pensando? Te inquietaba el movimiento de tu cama, pero no se sentía como en casa. Abriste los ojos y no viste nada, todo estaba oscuro como en las noches que solías conversar con Silvia, después de su muerte. Estabas tranquilo. Escuchaste que tus hijos lloraban y oías que llovía tan cerca. Moviste el cuerpo para levantarte. Algo impedía que te movieras. Estabas aprisionado, desesperado. Te diste cuenta que era una caja de madera, y por el diseño viste que era tu caja que compraste meses atrás con tus hijos. Desesperaste mientras la tierra aumentaba en tu encima. Golpeaste una y otra vez con todas tus fuerzas, pero tu débil cuerpo ya no era atlético. Ya no eras nada. Maldijiste. Llorabas. Tu llanto y el de tus hijos eran melodiosas canciones para un sepelio perfecto.

lunes, 14 de marzo de 2011

Susanita

Querida Susan.


¿Sabes que estoy de viaje en Londres? Aquí las cosas son muy distintas, mucho mejores. Sabrás, por la foto que te mandé en mi otra carta, que el hielo es un feo amigo que ni puedes tomarlo como enemigo. Estoy helado y tiemblan mis manos, por eso escribo de ese modo. Me disculparás por la letra, te juro que es lo mejor que puedo escribir. Pero anímate con este dibujo que hice para ti, no es muy bueno como las obras aquí pero aunque sea es algo que te doy con cariño.

Susan, no he dejado de pensar en ti. Desde que nos conocimos fuiste muy especial para mí, tú lo sabes. Te extraño mucho y me siento solo por las noches, sin tu compañía, sin tu calor. Te necesito de verdad. Quiero que gocemos de la vida agarrados de la mano y pasear como antes lo hacíamos, ¿recuerdas? Lo siento si te hago rememorar recuerdo que tal vez estés olvidando.

Aún me acuerdo cuando discutíamos por cosas sin sentido, por cosas que después nos reíamos. Fue gracioso cuando una noche llegué a casa tarde, borracho, y tú me gritaste y lloraste. Yo me disculpaba mientas tú me cerrabas la puerta de la habitación en mi cara. Y cuando despertaste me viste tirado en el suelo a los pies de la puerta con la lengua a fuera y babeando como un perro fiel y guardián.

Ya no recordaré más porque ya es tiempo de dejar de escribir. Ya no lo haré. Tú sabes por qué. Pero me iré o despediré diciéndote que te amo mucho, que siempre serás mía y de nadie más. Que aunque lejos, yo siempre seré tuyo y fiel. Nunca me olvidaré de tus besitos, de los abrazos que me dabas cuando salía de casa bien peinado y con ropa limpia. Recuerdas que una vez me manché antes de salir y ya se me hacía tarde, tú optaste por sacarme la ropa, aunque yo podía solo; y me diste la ropa que habías alistado por si acaso pasaba algo como ese día. Fue genial vivir contigo, fue más que genial.

Estoy en Londres, Susanita. Extrañándote. Amándote. Sin dejar de pensar en los momentos que pasamos juntos, y aunque sin papá fuimos felices.